La Cima:
 


 

La Cima

 

Por la frente resbalaba una última gota de sudor…

El Sol no había dejado de brillar ni un solo instante, en su incombustible resplandor. Sentado, en una roca, tomaba aire y se refrescaba con una toalla chorreante de alegría. Sonreía ligeramente, sin creerlo todavía, pero era cierto.

Se sentía artífice de algo grande: ¿Quién se lo iba a decir? Tanto tiempo había pasado que ya no recordaba cuánto, pero ahí estaba: desde aquel día, en que miró al cielo y la vio. Desde entonces lo supo, aunque lo veía tan lejano…

Se preparó día y noche, se entrenó noche y día, estaba listo, o eso creía. Una mañana decidió emprender el viaje, paso a paso. Se dispuso a probar suerte, con la confianza ciega del trabajador responsable y bien instruido, pero no la tuvo. En la segunda pendiente le falló el arnés, impidiendo recuperarse del primer resbalón.

Sus sentidos le habían traicionado, no estaba listo y no supo verlo… pero no se rindió.

Decidió entrenar en pendientes más suaves y fortalecerse, pero no era suficiente.

Durante meses aprendió nuevas técnicas y memorizó la ruta. Conoció a muchos, que como él, cada día se entrenaban para tocar la cima. Y algunos lo hicieron, y volvieron para contarlo. Parecía inalcanzable, tan utópico… De nuevo, llegó el gran día.

Nada más comenzar la escalada sintió que una pierna se resentía, pero agarrado a la cuerda, no soltarse se convirtió en su única obsesión. Colgado y desvalido, concentró todas sus fuerzas en seguir adelante. Y escaló. Las manos se manchaban de tierra árida y a su vez resbaladiza. Pronto alcanzó un punto que conocía bien, aquel donde le falló el arnés. No sin contemplarlo con cierto respeto pasó de largo y continuó hacia arriba… Ya podía ver su objetivo, ya podía vislumbrar la cima, pero no llegó: de nuevo una pierna le falló, en el último instante. Abatido, se vio obligado a descender, por su propio pie, hasta la misma base de la montaña.

Y allí reflexionó. No podía seguir perdiendo el tiempo, entrenando día y noche, noche y día, para nunca alcanzar la cima.

Cambió su forma de ver las cosas, su manera de entenderlas. No entrenó. Cada mañana miraba la montaña con recelo, ahí seguía… su objetivo: la cima.

Fue pasando el tiempo, se aproximaba el día de la escalada, era su oportunidad de darlo todo o nada. Y ese día regresó, como aquel que espera a alguien y cuando vuelve no se lo puede creer. Ya conocía las trampas, los recovecos, los intríngulis de la montaña. El resbalón de siempre esta vez fue más leve, y cuando se quiso dar cuenta, el lugar de la primera caída, antes temido, se había quedado atrás… la cima se acercaba.

Le faltaban las fuerzas. El cansancio y la agonía se mezclaban con el aire cortante cargado de arena. Veía la cima, de nuevo: ¡No podía dejarla escapar! De un impulso extrajo todas sus fuerzas y de un salto alcanzó por fin su meta.

 

Tirado en el suelo, sin creerlo, por la frente resbalaba una última gota de sudor…

El Sol no había dejado de brillar ni un solo instante, en su incombustible resplandor. Sentado, en una roca, tomaba aire y se refrescaba con una toalla chorreante de alegría. Sonreía ligeramente, sin creerlo todavía, pero era cierto: Había llegado.

Y al abrir los ojos miró abajo. A sus pies yacían sus tres intentos, el culmen de sus objetivos, el fruto de su esfuerzo, el valor de esa nueva perspectiva, a miles de metros de altura.

Luego miró al cielo y he ahí su sorpresa: a sus espaldas se extendía un enorme y singular sendero, en parte liso y en parte escarpado, rodeando otra gran montaña en espiral, que sobre la anterior, sostenía el cartel de meta, cada vez más alto.

 

 

Juan Ramón Pérez Quintanar

16-7-2009

 

      

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